Everybody Loves Baby: Espanol

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Venezuela: La Malacrianza

Yo siempre le dije a Ton Tón que quería esperar hasta que Luki tuviese por lo menos un año para viajar a Venezuela. Me parecía que llevar a un bebé de meses tan lejos y a un país subdesarrollado iba a ser demasiado difícil. Pero (aunque esto es un poco duro para mí) les debo admitir que: estaba equivocada.

Este viaje con Luki hubiese sido infinitamente más cómodo hace unos meses. Cuando aún no sabía caminar. Cuando la teta era la solución a cualquier problema. Cuando no estaba tan consciente de lo que ocurría a su alrededor.

Desde el momento en que llegó a casa de su abuela en Venezuela, Luki se dio cuenta de que las cosas habían cambiado y le sacó muchísimo provecho. Reconoció que iba a ser enormemente más fácil ejercer su voluntad en un ambiente extraño, en un lugar donde sus padres no tenían todo el control.

Para empezar, se le olvidó cómo quedarse dormido. El mismo niño que, en su casa, se queda tranquilito todas las noches en su cuna, acurrucando su colchita hasta que se le cierran los ojos, ni siquiera pestañeaba a la hora de dormir a no ser que ambos de sus padres se acostaran con él y lo deleitaran con una serenata de canciones infantiles por un mínimo de 45 minutos. Cada vez que intentábamos ponerle pausa al concierto, nos exigía “más, más, máaaaaas.” Y si lo dejábamos solo en el cuarto, se bajaba de su camita en menos de un segundo y comenzaba a dar vueltas por la habitación, tocando cables de electricidad y sacando las ropas de todas las gavetas.

Adicionalmente, decidió alimentarse exclusivamente de yogurt y frutas, sus dos comidas favoritas. Sabía que, en un lugar dónde no tenía una sillita especial para comer, dónde gente nueva entraba y salía cada media hora, y dónde, debido a varios viajes y compromisos, su horario variaba constantemente, nadie iba a tener la paciencia de obligarlo a sentarse frente a un plato de lentejas hasta dejarlo vacío.

Al principio yo me estresé bastante por lo de la comida. “Lo único que el niño ha comido hoy son fresas y un platanito,” le decía a Ton Tón. “Se nos va a desnutrir.” Pero con el tiempo, dejé de coger lucha. Decidí que volvería a preocuparme por la alimentación de mi hijo cuando regresáramos a Estados Unidos y que una semana y media en Venezuela sin comer proteína no lo iba a perjudicar por el resto de su vida.

Es por eso que, cuando fuimos a la playa y Luki decidió que lo que quería almorzar ese día eran los limones que nos trajeron con el pescado fresco que pedimos su papá y yo, pues, lo dejamos. Y nos maravillamos al verlo darle mordidas al cítrico sin hacer la más mínima mueca. Y no hicimos nada cuando se embarró todo el pecho y los brazos con su jugo. Y cuando se le cayó uno en la arena y se puso a llorar, le dimos otro. Porque así por lo menos estaba adquiriendo vitamina C. Y nosotros podíamos comernos nuestros deliciosos pescados en paz.

Dos días más tarde, cuando estábamos cambiándolo de ropa, le vimos a Luki unas manchas muy raras en el pecho y en la espalda. Y después de rompernos la cabeza tratando de averiguar de qué se trataban, nos dimos cuenta de que eran chorros de limón y marcas de dedos manchados por su jugo.

Entonces lo miramos de frente y vimos que el limón también había dejado una huella en su labio superior.

Como dije al principio, este viaje habría sido mucho más fácil unos meses atrás. Antes de que a nuestro hijo le saliera bigote.

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Venezuela: La travesía

Ya sé que me fui sin avisar, pero he estado de viaje en Venezuela por las últimas dos semanas. Es por ello que este blog no se actualiza desde el 16 de agosto. Nos quedamos en casa de la mamá de Ton Tón, quien todavía dice “ya voooy” cada vez que suena el teléfono, como si la persona que está llamando la pudiera escuchar sin que ella alzara el auricular, así que de más está decirles que allí no había Internet. Manuel, el hermano mayor de mi esposo, nos prestó una especie de Internet portátil que funcionaba con la señal de teléfono, pero era lentísimo y, bueno, la verdad es que estábamos muy ocupados comiendo empanadas y cachapas y bañándonos en la playa para prestarle mucha atención al mundo virtual.

El viaje fue una verdadera aventura. Yo estaba un poco preocupada por la travesía en avión porque compramos los pasajes con Avior, una aerolínea venezolana con la que no hemos tenido mucha suerte en el pasado. La última vez que viajamos en ella llegamos al aeropuerto y el horario del vuelo había cambiado sin que nos avisaran. ¡El avión iba a salir una hora más temprano! Menos mal que Ton Tón insiste en llegar a los aeropuertos con por lo menos tres horas de anticipación siempre.

Además, la hermana de Ton Tón también tuvo un incidente desagradable con la misma aerolínea. Incidente en el cual le comenzaron a salir llamas de fuego al avión minutos antes de que ella y su esposo se montaran.

Afortunadamente nada de eso nos ocurrió a nosotros. Todos los vuelos salieron y llegaron a tiempo y sin ningún incendio inesperado. En realidad llegamos a Venezuela media hora antes de lo pronosticado.

Sin embargo, nuestra suerte con el traslado aéreo no se transfirió a los modos de transporte terrestres. Mientras estábamos en Venezuela viajamos de la ciudad donde nació Ton Tón (Puerto la Cruz) hasta Caracas y luego hasta Valencia. El viaje de Caracas a Valencia, que debe durar dos horas, tardó cuatro horas y media porque estuvimos dos horas y media estacionados en la autopista mientras un par de grúas trataba de sacar un autobús que se habia caído por un barranco. Llegamos a Valencia de noche, dormimos allí, y al otro día en la mañana salimos de regreso a Puerto la Cruz. Así que de Valencia solamente conocí el apartamento de los tíos de Ton Tón. Es muy bonito y acogedor y tienen unos pajaritos que le encantaron a Luki. Ahora cada vez que uno le pregunta como hacen los pajaritos de Tío Armando comienza a batir los brazos de arriba a abajo.

Y al final de la historia esos son los detalles que verdaderamente importan. Que Luki conocío a su tío abuelo Armando, que se río al ver sus pajaritos, que lo abrazaron y lo besaron un montón de primos….

Los problemas de transporte — aunque sumamente frustrantes — son secundarios.

Aquí los dejo con algunas fotos en el teleférico de Caracas. Ya más adelante les contaré de nuestras aventuras en la playa, del descontrol total en la rutina de Luki durante todo el tiempo que estuvimos allí, y de nuestro breve encuentro con las fuerzas armadas de la República Bolivariana de Venezuela. Manténganse en sintonía.

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¿Separados al nacer?

Al oído inexperto puede parecerle que Luki está llorando, pero la realidad es que está interpretando el clásico, Agárrense de las manos.

(No, no le pienso cortar el pelo. Primero, porque no creo que sea capaz de mantenerse sentado y tranquilo por la cantidad de tiempo requerida para lograr un corte que no incluya una de sus orejas. Y segundo, porque aunque el mundo entero diga que en las cejas y la nariz y las canillas y el color de la piel es igualito a su padre, ¡NADIE puede negar que esos rizos son míos!)

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Corrección

Anoche cuando me acosté a dormir después de pasar un rato blogueando (en inglés) me costó trabajo encontrar el sueño porque de repente me entró un hambre increíble. No sé por qué. Yo ayer cené de lo más bien, un arroz con pollo que por primera vez, tras varios intentos anteriores fallidos, me quedó bueno.

Estaba dando vueltas en la cama pero la pereza no me permitía bajar a buscar algo de masticar y me empecé a acordar de los últimos meses de mi embarazo. Cuando el hambre que me daba de madrugada era irresistible y despertaba a Ton Tón para que fuese a buscarme galleticas de soda con mantequilla a las cuatro de la mañana. Y entonces me acordé de que había escrito aquí ayer que aumenté 60 libras durante ese tiempo y me puse a sacar cuentas y, pues, eso no es verdad.

Al parecer, después de todos estos años con Ton Tón, se me ha empezado a pegar una de sus cualidades más distintivas: su habilidad incomparable de exagerarlo todo. Mira, si alguna vez mi esposo te hace una historia en la que te cuenta que tuvo que esperar cierta cantidad de tiempo, réstale treinta minutos. Si menciona que gastó una cierta cantidad de dinero, quítale veinte dólares. Y si te dice que caminó no sé cuantas cuadras, divídelas por la mitad.

En fin, todo esto para decirles que fueron (solamente) 45 libras.

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Yoga caliente, puntillas, tristeza

Esto va de mal en peor. Hace más de una semana que no publico nada. Ayer iba a poner alguna canción para mi serie de martes musical, pero estaba muy cansada porque fui a una clase de yoga caliente con Mami donde casi pierdo la vida. Además, este blog ni es de música, ni yo sé tanto de música como para estar publicando solamente entradas sobre ese tema.

Volviendo al yoga: Yo me apunté a unas clases de yoga cuando estaba embarazada y me fue súper bien. Me ayudó un montón con esos dolores de espalda provocados por las 60 libras de más que cargaba mientras formaba a otro ser humano en mi vientre. (¡Ojo! Mi aumento de peso no tuvo nada que ver con las cantidades industriales de helado que comía mientras estaba encinta. Aunque no tuve la oportunidad de pesarla, estoy segura de que mi placenta superaba las 50 libras.) Pero esto del yoga caliente (o sea yoga en un salón sin aire acondicionado en pleno verano, uno de los veranos más caluros que hemos tenido) es otra cosa. Fui con Mami porque ella ha estado teniendo unos dolores en la espalda y pensé que estirar un poco el cuerpo la podría ayudar. No tenía idea de lo difícil que iba a ser. ¡Qué manera de sudar! ¡Qué manera de descubrir músculos que ni siquiera sabía que existían! Y ¡Dioooos, qué ganas de quedarme en la cama esta mañana sin moverme ni un centímetro! Yo, que no necesito hacer yoga caliente para quererme quedar acurrucada todos los días, tuve que utilizar toda la fuerza de voluntad que tengo para ir al trabajo hoy. Pero fui. Creo que merezco un premio.

En fin, les decía que hace más de una semana que no escribo aquí. Luki nos tiene muy ocupados con eso de caminar por toda la casa en puntillas, tratando de lanzarse escalera abajo y de sacar los cuchillos de carne de las gavetas de la cocina cada cinco minutos. Camina en puntillas todo el tiempo, algo que me tiene bastante preocupada. Lo busqué en Google y dicen que es normal pero que también puede ser un síntoma del Autismo u otras enfermedades igualmente serias. A pesar de que todo indica que se está desarrollando perfectamente bien y que Mami me cuenta que ella también caminó en puntillas durante sus primeros años, he seguido googuleando y leyendo blogs acerca de “niños especiales,” convenciéndome de que Luki tiene algún problema.

Les prometo que no estaba tan loca (ni tan adicta a Google) antes de convertirme en madre.

Además, he estado un poco tristonga estas últimas semanas. No sé. Por todo. Porque no tengo mucho dinero. Por mi trabajo. Porque el tiempo pasa muy despacio y demasiado rápido a la vez. Pero más que todo, porque mi papá sigue muerto.

Unas semanas después que se murió, sentí no sé qué…¿paz? ¿claridad? ¿lucidez? Me entusiasmé con la idea de que todo pasa por una razón, que todo iba a estar bien, y todavía estoy esperando esa razón que no llega. Y ya las cosas no están tan claras. Se ha desvanecido esa sensación de asombro por el simple hecho de estar viva que sentí tras una muerte tan súbita. Y estoy triste. Triste porque mi papá está muerto. Y triste porque aún no siento que su muerte ha transformado mi vida como quisiera.

No me gusta escribir estas cosas porque me parecen demasiado deprimentes. ¡Yo quiero que este blog se trate de historias de caca proyectil y las excentricidades de mi madre! Pero si no las escribo, entonces no puedo escribir mas nada. Y a eso se debe la semana entera sin publicar.

Confieso que vomitar estas palabras sobre el teclado de mi computadora me ha hecho sentir un poco mejor, aunque las secuelas del yoga caliente aún me tengan bastante adolorida.

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5 minutos

*A pesar de no haber publicado una entrada de martes musical durante las últimas dos semanas quiero que sepan que no he abandonado el proyecto.

Hace tiempo que quiero poner esta canción, pero no lo había hecho antes porque no quería deprimirlos. Lo siento. Me gusta la música triste y deprimente. Siempre me ha gustado. Es mi estilo favorito. Y ahora que estoy pasando por un tiempo sumamente triste en mi vida… pues me gusta aún más.

Tengo esta canción metida en la cabeza y la tarareo a cada rato.

Creo que explica perfectamente una de las cosas que aprendí tras la muerte de mi papá: el valor del tiempo.

La vida es eterna en cinco minutos / Y en cinco minutos quedó destrozado.

Quiero que cada uno de mis minutos valga la pena.

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Vocabulario

Estoy segura que Ton Tón se pasó toda la semana que estuve en New Orleans entrenando a Luki porque desde que llegué de mi viaje no ha dejado de decir papá. Yo digo MAMÁ, MA-MÁ, MAAA MAAA, y él me contesta… ¿papá?

Lo bueno es que, cuando se levanta a las seis de la mañana los sábados, eso es también lo que dice. Lo escuchamos desde su cuna por el monitor… ¡PAAAAAA PAAAAAA! Y yo me acurruco más en la cama, mantengo mis ojos muy cerrados y le digo a mi esposo, “tu hijo te está llamando.”

Nadie lo mandó a estar adoctrinando al niño en mi ausencia.

La otra palabra que dice constantemente es agua. Siempre ha tenido una obsesión un poquito extraña con el agua. Cuando ve su vasito, se vuelve como loco y empieza a apuntarlo y a decir “agua, agua, agua” como si se hubiese pasado una semana vagando por el Sahara. Es el único liquido que le gusta y se niega a tomar jugo o leche (le damos mucho yogurt y queso para que adquiera el calcio necesario).

Últimamente ha comenzado a darse cuenta de que el agua también existe en otros contextos. Ahora, siempre que ve una fuente, dice “agua”, si está lloviendo, “agua”, si le mostramos una foto de la playa, “agua.”

Y ayer, pues ayer, en un breve momento de descuido paternal, nos lo encontramos en el baño, las dos manos metidas dentro de la taza y su boca pronunciando la segunda palabra que más le gusta: Agua.

(Esta foto es vieja, de cuando Luki estaba aprendiendo a pararse. Cuando se la tiré, se la mandé inmediatamente por correo electrónico a mi mamá. La llamé y le dije, “te mandé una foto lindísima de Luki, chequea tu correo.” Casi le da un ataque al verla. ¡AAAY EL NIÑO VA A COGER UNA INFECCIÓN! Me imagino que cuando lea esta historia comenzará los procedimientos para obtener la completa custodia de su nieto…)

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